Solemos decir que “el tiempo es dinero”. Es una frase que repetimos automáticamente, pero si analizamos la realidad de nuestras ciudades latinoamericanas, esa ecuación está en un momento crítico. Para millones de personas, el tiempo no es un activo para invertir, sino un lujo que no pueden costear. Bienvenidos al concepto de la pobreza del tiempo.
En Movimentistas creemos que “un buen transporte construye mejores ciudades y fomenta buenas sociedades”. Pero, ¿qué clase de sociedad estamos construyendo cuando el código postal determina cuántas horas de vida libre tienes al día?

El costo oculto de moverse
México es el país de la OCDE donde más horas se trabaja, pero paradójicamente, es uno de los menos productivos. A esto se suma un dato devastador: el 66.3% de la población en México sufre pobreza de tiempo. No se trata solo de tener una agenda llena; se refiere a la carencia de tiempo libre para realizar actividades básicas como el autocuidado, el ocio o incluso la participación política.
El transporte público juega un papel protagonista en esta crisis. Un latinoamericano promedio pasa 92 minutos diarios en el transporte, lo que equivale a 25 días completos por año. Imagina perder casi un mes entero de tu vida cada año, simplemente sentado (o de pie y apretado) esperando llegar a tu destino.

Lo dijo el propio Secretario de Movilidad del Edomex en el foro Ruta México con una crudeza necesaria para los participantes: ‘Súbanse ustedes 3 horas en transporte público… y tres de regreso… en redes inseguras… es lo que hay que cambiar’. un nuevo paradigma como catalizador de desarrollo es necesario. Lla movilidad debe dejar de verse como un reto de ingeniería para entenderse como la política social más urgente para igualar una sociedad desigual.
La pobreza del tiempo es un fenómeno de clase. Mientras que las clases altas pueden comprar tiempo (pagando servicios, viviendo cerca del trabajo o usando vías de cuota), las clases populares pagan con su vida la ineficiencia urbana.
El costo de oportunidad es brutal. Esas horas perdidas en el tráfico no son solo “aburrimiento”; son horas que se restan a:
- La salud: Menos tiempo para cocinar significa peor alimentación y mayor dependencia de comida rápida consumida en el trayecto. Menos tiempo impide ir al médico o hacer ejercicio.
- El futuro: Si pasas 4 horas diarias en transporte, es casi imposible estudiar, capacitarte o aprender un nuevo idioma para mejorar tu situación económica.
- Los cuidados: La “agenda de cuidados” es vital. El transporte ineficiente golpea desproporcionadamente a quienes cuidan de otros (niños, adultos mayores), limitando su capacidad de equilibrar trabajo y familia.
El transporte como justicia social
El transporte colectivo no es un problema a resolver, es la solución para crear ciudades inteligentes y justas.

Un sistema de transporte integrado, eficiente y digno funciona como una máquina del tiempo: le devuelve horas de vida a la gente. Cuando logramos que un trayecto baje de 2 horas a 40 minutos gracias a un carril exclusivo o un tren suburbano, no estamos solo mejorando la movilidad; estamos regalando salud mental, cenas en familia y oportunidades de educación.
Como menciona el Plan México y la visión de expertos como Bernardo Baranda (ITDP), lo importante no es solo crear kilómetros de infraestructura, sino reducir el costo económico, energético y de tiempo para las personas. La movilidad debe verse como un derecho humano fundamental, tan vital como la salud o la educación.
Conclusión
El tiempo es el recurso más democrático en teoría… y el más desigual en la práctica. Si de verdad queremos ciudades más justas, la movilidad tiene que dejar de tratarse como “obra” y asumirse como política social: la que devuelve horas de vida, reduce brechas y abre oportunidades. Eso implica actuar en varios frentes, al mismo tiempo:
- Diseñar transporte con evidencia: datos de origen-destino, frecuencia, transbordos, seguridad y calidad del servicio (lo que se mide, se mejora).
- Integrar soluciones, no parches: rutas coordinadas, tarifas y medios conectados, infraestructura que priorice al transporte colectivo y al peatón.
- Repartir mejor el tiempo, no solo el espacio: políticas laborales como el home office (cuando sea posible), esquemas híbridos y horarios escalonados que reduzcan picos y traslados innecesarios.
- Alinear gobierno, empresas y operación: invertir, gestionar y operar con estándares claros, y rendir cuentas con indicadores públicos.
- Activar a la sociedad: exigir mejor movilidad como lo que es—un derecho—y sostener esa prioridad más allá de coyunturas.
Porque pedir “mejor transporte” no es pedir comodidad: es exigir vida fuera del tráfico, tiempo para cuidarnos, aprender, convivir y participar. La pregunta es simple y pesada a la vez: ¿estamos listos para tratar el tiempo como un derecho y organizar ciudad, trabajo y movilidad alrededor de eso?

